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Autor: Maestro Andreas

miércoles, 9 de octubre de 2013

Capítulo XCIV


Si bien los asuntos del conde se resolvían en Marrakech a su gusto; y mucho más gusto le daba Yuba cada vez que el amo le ordenaba que le mamase el cipote o pusiese el culo en pompa para penetrárselo a conciencia, para Iñigo, sin embargo, sin poder decir que las cosas le fuesen mal del todo, pues ya estaba en la corte del rey Don Alfonso con Ramiro y los había investido el monarca como conde y marqués de pleno derecho y señores de todas las posesiones, honores y privilegios que les otorgaban sendos títulos nobiliarios, el muchacho no estaba satisfecho todavía con el provecho obtenido de su fuerte y esclavo Falé.


Ramiro le aconsejaba paciencia y algo de cariño, pero él seguía los consejos que le diera el conde feroz y prefería dominar y someter al esclavo a su voluntad y hacer de él un mero instrumento para su placer.
Y por eso en cuanto le picaba el ano o su cuerpo le pedía el refresco de la leche del esclavo para apaciguar su calentura, Iñigo ordenaba que sujetasen bien a Falé con fuertes cadenas y lo excitaba hasta ponerlo cachondo, como un perro salido, y se montaba en su verga metiéndosela él mismo por el culo y follándose él solo sin que el esclavo tuviese otra intervención que mantener la polla dura y tiesa.

Y luego, una vez que satisfacía su insaciable gula de sexo, el joven noble azotaba al esclavo con una fusta que encargara hacer con ese único propósito.
Falé se sentía muy humillado al ser usado de ese modo y tratado después como un pobre animal apaleado por un amo cruel y desconsiderado.
Pero cuanto más duros eran los golpes que Iñigo le daba, antes se le volvía a empalmar la polla y el amo se encendía de nuevo al ver la excitación de su esclavo; y sin desatarlo del poste donde lo flagelaba se restregaba contra su cuerpo lastimado, loco de deseo y herido por una fascinación absoluta por ese macho que se resistía a su reconocida belleza y atractivo.
Y mandaba sujetarlo al madero de frente y con las manos a la espalda y apretaba sus nalgas contra el cipote de Falé para terminar clavándoselo en el ano otra vez.

Y el esclavo notaba que cada vez le resultaba más placentero sentir en su verga un calor y un roce brusco que le obligaban a empujar con fuerza y meterla entera dentro del cuerpo de su joven amo.
Y por mucho que lo intentase, el esclavo no conseguía impedir que sus cojones soltasen todo el semen acumulados en ellos para preñar el vientre de su señor.

Pero a pesar de esos momentos de sumo deleite en que era poseído por Falé, a Iñigo le faltaba algo más para ser feliz.
Necesitaba también sentirse amado y deseado por su macho y eso no llegaba a verlo en la mirada de su hermoso semental.
Y un día, estando a media tarde charlando con Ramiro en uno de los patios del palacio del rey, el joven marqués le dijo al bello conde que le gustaría sentir en sus tripas el grueso capullo de la verga de Falé.

Echaba de menos que otro macho le diese por el culo, porque desde que se separaran del conde Nuño, su ano no había tenido ningún visitante que le recordase el gusto de notarlo abierto e irritado y experimentar la sensación de sentirse como una verdadera puta usado por otro macho que no reparaba en contemplación alguna para conseguir su propio gozo.
De entrada Iñigo no quiso tomar en consideración la insinuación clarísima de su compañero, pero una vez que cada uno se retiró a sus aposentos e Iñigo usó a su esclavo como tenía ya por costumbre, se presentó Ramiro en sus habitaciones y al verlo desnudo y con un hilo de semen que todavía salía del culo de Iñigo, le preguntó donde estaba el esclavo y el otro señor, ya saciado y con los huevos vacíos, le indicó que estaba atado sobre el lecho, pero que ya no le quedaba leche en los huevos para poder dársela a otra zorra que tuviese hambre de macho.

Mas Ramiro ni se dio por aludido en lo de zorra, ni se detuvo en su empeño y entró en el otro aposento mirando el cuerpo desnudo de Falé, que reposaba cansado y mirando al techo, encadenado de pies y manos a la cama de su amo.
Se acercó a él y con un dedo acarició la verga todavía dura del esclavo y recogió los restos de esperma fresco que relucía sobre el glande de Falé.

Olió esa semilla y se chupó el dedo. Y dijo: “Esta tranca, que aun medio desinflada se asemeja a una maza, sólo puede apreciarse en lo que vale si se prueba y se disfruta con ella dentro del culo”.
Y sin más se puso a masturbar al esclavo con intención de ponerle el cipote erecto y servirse él mismo tal y como hacía Iñigo, según le contara anteriormente.
Iñigo vio la escena que su noble compañero estaba preparando para solazarse con el macho encadenado y también se puso cachondo como una burra al olor agrio a sexo viril a punto de empalmarse.

Ramiro empezó a despojarse de la ropa y la visión de su cuerpo logró que Iñigo se encelase apeteciendo dos rabos en lugar de uno solo.
Pero Ramiro quería sentir en su culo el cipote de Falé y en cuanto lo vio duro y más grande de lo que era unos segundos antes, se subió a la cama y se escarranchó sobre el miembro del esclavo para metérselo por el ano sin perder más tiempo.
Iñigo no perdió detalle viendo como la tranca de Falé se encarnaba hasta desaparecer del todo entre las cachas del otro muchacho y gimió ansioso por estar empalado en la polla de Ramiro mientras éste subía y bajaba ensartado por el culo en la del potente macho esclavizado.
Y tampoco esperó a que Ramiro le hiciese un gesto para clavarse en su polla y follarlo, porque Iñigo se colocó encima de su noble compañero y se sentó en su verga tragándosela por el culo.

Y la follada fue doble, pues el esclavo le daba por el culo a Ramiro y éste le estaba rompiendo el ano a Iñigo al tiempo que se impulsaba arriba y abajo para sentir más hondo la polla de Falé.
Los dos nobles quedaron preñados y tanto ellos como el esclavo secos de leche en sus cojones.
Y ya calmadas las calenturas de los dos nobles señores, Ramiro felicitó a Iñigo por ese animal sexual que le regalara el conde antes de emprender viaje de regreso a Castilla.
Y le aconsejó que cuidara bien del ejemplar y no cargase la mano al castigarlo por si agotaba sus fuerzas y debilitaba su potencia sexual.




Falé era un garañón que sería muy codiciado por cualquier tratante de esclavos para dedicarlo a la reproducción y obtener otros esclavos tan hermosos y fuertes como ese joven macho.
Y Ramiro estuvo a punto de sugerir a su amigo que podía obtener sustanciosos beneficios cediéndolo para cubrir hembras con bellos cuerpos que garantizasen especímenes sanos y por tanto valiosos para el comercio esclavista, sin necesidad de recurrir siempre a jóvenes capturados en las razias y demás acciones de guerra en tierras de moros.

Pero para Iñigo ese esclavo era algo especial y muy suyo como para utilizarlo en tales menesteres que agotasen sus reservas de semen.
Toda la leche de Falé la quería para él y el uso de su propiedad que acababa de permitirle a Ramiro no pensaba repetirlo con nadie ni dejar que ocurriese otra vez.
Falé sólo sería para su amo y su polla estaría vedada a cualquier otro ser que no fuese Iñigo.
Y en cuanto llegase a su castillo, su intención era evitar que nada parecido volviera a suceder.
Y si fuese preciso, no dudaría en encerrarlo en una cámara contigua a la suya, a la que sólo él tuviese acceso, y nunca más dejaría que nadie lo viese para evitar que otros ojos codiciosos y cargados de vicio se encaprichasen con el precioso macho.



El lo lavaría y alimentaría y lo atendería cubriendo todas sus necesidades.
Mas el esclavo viviría encadenado y oculto entre cuatro paredes sin que la luz del día rozase su piel ni deslumbrase con su brillo los ojos de Falé.
La única imagen real para el esclavo habría de ser la de su dueño y señor hasta que lograse conquistar su corazón y ese macho testarudo se encelase con él, enamorándose para el resto de su vida.
Y al quedar solos amo y esclavo, éste volvió la cabeza hacia su señor y lo vio sin odio ni desprecio.
Iñigo no se dio cuenta de esa mirada mansa de su esclavo y se dispuso a acostarse a su lado para dormir pegado a ese cuerpo que lo ataba y retenía a su vera con más fuerza que las cadenas que sujetaban a Falé al lecho de su dueño.

Iñigo se acostó de lado mirando al esclavo y le besó la mejilla como si le pidiese perdón por dejar que Ramiro lo usara como a un garañón.
Y Falé torció el rostro al lado contrario para que su amo no viese que lloraba.
El bravo guerrero cautivo nunca se permitiría tal debilidad ante el hombre que lo tenía prisionero y convertía su vida en un continuo insulto arrastrando por el fango su dignidad y su honor de noble soldado.
Su virilidad ya le importaba menos y empezaba a entender que no era un menoscabo para su masculinidad querer y desear a otro hombre si su corazón sentía un afecto profundo y su sexo se encendía consumiendo en ese otro cuerpo la pasión que devoraba su interior al estar dentro de él.

E Iñigo le agarró con suavidad la cara a Falé y le obligó a mirarle la suya otra vez.
Y notó que el esclavo lloraba y se acercó más a él para besarle los ojos y beber dos lágrimas que todavía no se desprendieran de las pestañas del macho.
Y sin preguntarle nada al esclavo ni pronunciar palabra alguna, Iñigo se volcó sobre el cuerpo de Falé y le besó la boca con verdadera pasión por primera vez.
Y el esclavo no reaccionó contra su amo y primero se dejó besar separando los labios para que Iñigo le metiera la lengua dentro.
Y al separarse el amo y mirarlo fijamente más con adoración que con animo de dominarlo, Falé levantó la cabeza de la almohada y sus labios fueron al encuentro de los de Iñigo.

Y esta vez fue él quien besó al otro muchacho y lo hizo por algo más que pura obediencia o temiendo un castigo.
El beso fue caliente y húmedo al mismo tiempo.
Y duró una eternidad.

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